Soy originaria de Guerrero, pero llevo muchos años viviendo en la capital. Aún tengo familiares en mi estado y los fui a visitar. Esto que les contaré, me ocurrió en los ochenta – nos platica Esther, maestra de primaria.

Estaba en casa de mi tía cuando recibimos la noticia que el primo Alfonso había muerto; era un familiar alejado, la verdad nunca lo conocí y mi tía tenía vagos recuerdos de él porque se habían alejado desde hacía mucho, por un pleito que tuvieron.

Por esos días, hubo una fiesta en el pueblo y nos invitaron. Mi tía no quiso ir, no por guardarle luto a este primo, sino porque estaba cansada, ya que ella se dedicaba a sembrar maíz. Me dijo que me fuera sola, porque mis demás primos eran muy chicos – unos niños – para que me acompañaran.

Antes de ir a la fiesta mi tía me dijo “en cuanto llegues, me tocas fuerte para despertarme y abrirte el portón”; en esa época no tenían luz, y menos timbre. Llegué de la fiesta como a las once de la noche, toqué muy fuerte, le grité a mi tía y el portón se abrió. A ella no la vi, pero sí la silueta de un hombre; yo pensé que era José, el que le ayudaba en las labores y que de repente se quedaba cuando era muy noche.

Le dije, “gracias José” y me fui al cuarto que tenían para mí. Al día siguiente, ya que estábamos desayunando, me preguntó mi tía que cómo había entrado a la casa. Y le contesté: “José me abrió el portón, no sabía que estaba aquí”. “Uy hija” me contestó mi tía, “sí José tiene mucho que no traba aquí, se fue para Michoacán donde tiene unos terrenos”.

¿Entonces quién me abrió la puerta? – pregunte – llegamos a la conclusión de que quizás había sido el primo Alfonso que, de alguna manera, se había despedido de nosotras.